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Esperanza y psicoterapia

La palabra esperanza me estuvo acompañando durante todo el camino volviendo a casa después de estar ateniendo, en una comunidad terapéutica, a mis pacientes adictos a drogas.
Creo que una de las responsabilidades de un profesional de la psicología sea la de comprender la relación existente entre los síntomas relatados, el sufrimiento de la persona, su manera de desenvolverse en la vida y su estructura de personalidad. En el caso de intervenir como psicoterapeuta, la mayor responsabilidad, y más urgente, es la creación y comunicación de la esperanza.
La persona con problemas de adicción la mayoría de las veces acarrea un deterioro en muchos ámbitos de su vida: salud física y mental, afectivo, familiar, social, económico, laboral. Puede que haya hecho varios intentos para dejar el consumo, por sí solo o a través de servicios especializados; que haya tenido éxito durante un cierto tiempo, consiguiendo una abstinencia temporal. Es posible, que aún así haya vuelto a tener unas recaídas que han menguado progresivamente la confianza en sí mismo y que haya empezado a pensar que dejar de consumir es imposible.

La Mejora. MagritteEn el primer caso podrá tener una baja percepción de autoeficacia, lo cual influye negativamente en la idea que tiene de sí (autoconcepto). En el segundo, le será muy difícil sentirse suficientemente motivado necesaria para volcarse en un proceso complejo, complicado y duro cual es la abstinencia. Un proceso que aún así puede tener un éxito positivo y proporcionar un proyecto vital diferente, más sano y satisfactorio.

La esperanza es un estado de ánimo que aporta beneficios a todo ser humano. Le permite implicarse en algún proyecto, grande o pequeño, complejo o sencillo que sea.
La esperanza no hay que confundirla con la falsa creencia de que todo es posible, una distorsión del concepto de ‘capacidad del ser humano’ suportada por cierta literatura o cierto tipo de marketing editorial.

La esperanza que psicoterapeuta y paciente, necesitan y pueden sembrar, hacer brotar y cultivar, se basa en la empatía, en la escucha y en la compasión de parte del profesional (compasión como capacidad de percibir el sufrimiento del otro y responsabilizarse de ello para suavizarlo).
Nace de una mirada realista de las dificultades, de los recursos y de las capacidades del paciente. Es una mirada que puede generar confianza hacia ‘lo posible’ poco o mucho que sea. Permite generar en el paciente la sensación de sentirse acogido, escuchado, comprendido y acompañado en un camino que, al empezarlo así, comienza ya con mejor paso y que puede llevarlo hacia un buen final.

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