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- Consumo y ejemplos
- Educación a los límites y beneficios
- Ayuda al crecimiento y a la responsabilidad

En la sociedad en la que vivimos, sin duda alguna el consumo tiene un papel transcendental. Es suficiente ver el poder que tienen los mensajes publicitarios y su presencia en cualquier espacio donde puede caer nuestra mirada a lo largo de todo el día. El marketing y sus estrategias influyen mucho en nuestras voluntades. No nos salvamos ni los adultos ni nuestros hijos. 

Conocemos muy bien el escenario que se puede ir preparando cuando los hijos irrumpen, repentina y reiteradamente, con solicitudes como “¡Quiero ésto!”, “… y cómprame este otro? Ya sean niños o adolescentes. Hablamos de tensiones familiares, enfrentamientos entre madres y padres, celos entre hermanos, a veces discusiones en la pareja. Los adultos tampoco estamos exentos y, a menudo, pensamos “necesito esto, …necesito aquello”.

Tal y como nos comportamos a diario en nuestras familias, los comentarios que vamos haciendo, los valores que vamos transmitiendo, todo acaba repercutiendo también positiva o negativamente en la formación de la personalidad de nuestros hijos e hijas. Una personalidad que se va construyendo desde los primeros momentos de la vida, no a partir de la adolescencia, como creen algunos padres que a veces he asesorado. Pues no, señores, todo influye en ese proceso ya desde el nacimiento (y algo antes).

Consumo responsable, educación en familia

La personalidad de los hijos se va modelando gracias a lo que ven, escuchan o viven ante todo en el seno de la familia. Por supuesto influyen también otros contextos como el escolar, los espacios de ocio (clubs deportivos, esplais, etc.). Enseñar a ser críticos al consumir es una oportunidad para educar y para crecer. Cuando los padres enseñan a los miembros de la familia a ser críticos respecto al consumo, les están ayudando a guiarse por el principio de realidad.

Las madres y los padres a través de la educación al consumo responsable pueden ofrecer a sus hijos la posibilidad de aprender a sentirse guiados también por el principio de necesidad real y no por el de la impulsividad, del ‘todo ya’ (y ‘porque yo lo digo’).

Una estrategia que pueden utilizar para ello es la de hacer pasar un poco de tiempo entre el momento en el que los hijos piden aquello que quieren comprar, o piden que les sea regalado, y el momento en que efectivamente se satisface ese ‘deseo’.
Por ejemplo, sería posible proponerles un pacto y que finalmente la satisfacción del deseo acabe siendo el resultado de algo que los hijos se han estado ganando, realizando las acciones pactadas.

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